Jun
29
Fecha: No time set / Localidad: No location set
Se celebra el curro de Mougás, un espectacula con larga tradición.
El 11 de junio de 1926, en la página 14 del diario “Pueblo Gallego”, editado entre 1924 y 1979, aparece un reportaje firmado por Felipe L. Monge, sobre el Curro de Mougás, en el que se puede leer lo siguiente:

“Los Caballos Salvajes de Mougás

Un día en California

Varias veces me había hablado del espectáculo el señor cónsul de los Estados Unidos, pintándolo como cosa en extremo interesante. Wilcox asistió al del año pasado y, a pesar de su frialdad yankee, no podía ocultar lo que le había entusiasmado. Al mismo tiempo me instaba para que le acompañara al de este año. Accedí a ello y a las seis y media del domingo salimos en un magnífico automóvil el señor cónsul de Inglaterra Mr Honson, Mr Wilcoc, el señor Ruiz, empleado del Consulado norteamericano, otro joven cuyo nombre no recuerdo, mi sobrino Felipito y yo.
Después de un pequeño descanso en Bayona para tomar una taza de café, llegamos a Oya a las 8,30 y emprendimos la ascensión al monte. Tomamos el camino a pico, despreciando una magnífica vereda por donde se podría ir cómodamente y por la que iba la mayor parte de los asistentes; pero dirigían la caravana nada menos que un inglés y un yankee y no era cosa de ir por donde iban los demás mortales. Ellos sudaban por cada pelo una gota, bufaban como ballenatos, pero a cualquier hora se les ocurría decir que molestaba la ascensión: iba en ello el honor de los dos colosos del mundo.
A las nueve y media en punto llegamos al lugar del espectáculo. Respiramos. Una brisa con honores de vendaval hacía muy agradable la estancia en aquellas alturas. Mucha gente se nos había adelantado y hasta unos jóvenes entusiastas se fueron de víspera, durmieron en el monte, donde los cocineros suerlen retrasarse, pues nos dijeron que la cena estuvo lista a las tres de la mañana. Otros se llevaron la vela de un barco, que utilizaron a modo de tienda de campaña y, entre los cientos de personas que allí había, nos llamó la atención una señora que pesaría sus buenos 120 kilos y que Mr. Wilcox afirmaba muy severamente que había subido en aeroplano.
Los caballos se veían todavía muy lejos. Sólo con los prismáticos se divisaban allá por los montes que forman la cordillera.
Por fin, a eso de las dos de la tarde, y presentándose de improviso, aparecieron a nuestra vista los cientos de caballos salvajes que entraron en el “curro” (cercado de piedras), azuzados por unas docenas de “caballistas” (también salvajes) y ofreciendo un espectáculo verdaderamente peliculero. No es posible sospechar que apocas leguas de Vigo se pudiese desfrutar de cosa tan interesante y sujestiva.
El presentase los caballos de una manera tan aparatosa y escenográfica, es debido a que los van corriendo por una ladera que está oculta por un pequeño montículo, y que cuando se ven ya están casi dentro del “teatro de las operaciones” que trataré de describir.
Empezaré por relatar en qué consiste la operación.
Todos los años, y siempre el segundo domingo de junio, reunen en tal lugar, Mougás, las yeguas y caballos, para marcar las crías, cortar las crines a los caballos y yeguas , vender los que se puedan y luego soltar otra vez al monte os que queden.
Para ello, desde la víspera al anochecer se echan los paisanos por aquellos montes, con el doble objeto de irlos reuniendo y mirando a qué yegua sigue cada cría. Como aquellas están marcadas con el hierro del propietario, éste, al ver qué cría sigue a su yegua la maca también “de ojo” para luego en el “curro”, hacerlo también a fuego.

Las crías se cogen con suma facilidad y aún algunos caballos. Otros dan bastante que hacer y no bastan varios hombres para sujetarlos. Con unas largas varas, a cuyo extremo hay un lazo hecho de crines de los mismo caballos, sujetan a éstos para trasquilarlos, operación sumamente pintoresca y, que lamento que mi falta de condiciones para este oficio no me permita relatarla como merece. Es verdad que mi desconocimiento de éste corre parejas con el de los paisanos aquéllos, que haciéndolo todos los años y desde hace tantos, lo hacen verdaderamente mal.

En fin, señores lectores, yo me daré por muy satisfecho si consigo interesaros por un espectáculo como no puede soñarse igual en Galicia, y que para que yo lo conociera vino expresamente de los Estados Unidos a descrubírmelo un nieto legítimo del tío Sam.
No quiero terminar estos renglones sin anotar un detalle que pude observar, y es que , estos caballos salvajes, sin duda por no haber tenido tratos con gente civilizada, no saben dar coces; cuando necesitan defenderse (ellos no atacan nunca), lo hacen noblemente, levantando las patas delanteras y a dentelladas.”
Felipe L. Monge.